Poco talento y mucho talante
En algo tan único y sutil como los conceptos del glamour, la moda o la belleza se debería convertir nuestro día a día para darnos cuenta de que somos tan hermosos como el universo mismo, como la vida misma. Sin embargo, algunas de esas combinaciones de átomos de procedencia extraterrestre y dotados de ese misterioso pulso interestelar, que se sientan a nuestro lado en el metro o que nos preceden en la cola del supermercado o, que incluso, dirigen nuestros paises, aún no se han enterado (o, mejor dicho, no se han querido enterar) de cual ha de ser el objetivo a exterminar para que el renacimiento de la conciencia colectiva diera paso a un universo en el que nuestra obligación no sea la de ser o parecer buenos, sino la de ser auténticos, que es en lo que nos deberíamos convertir.
Un SER AUTÉNTICO, al igual que un vestido original, un perfume original o un accesorio original de cualquier diseñador (por más o menos conocido que sea), siempre será el resultado de un arduo proceso de fidelidad hacia su entorno, hacia nuestro entorno. Si pensamos, por el contrario, que la autenticidad es “el ser uno mismo”, entonces es el momento de decir eso de: ‘Que me paren el mundo, que me bajo…’. Creo que por esto es por lo que, con el transcurso de los años, hay obras de arte que pasan a la historia y otras creaciones se quedan en agua de borrajas. El tiempo, ese concepto que sigue siendo objeto de debate tanto para los físicos como para los filósofos, sólo es útil desde el extremo más egoista de la entropía universal: reordena nuestro entorno de modo que seamos un reflejo de la autenticidad de lo que nos readea y, como consecuencia, dejar de de ser uno mismo para pasar a ser parte de un todo. Quizá, por eso, haya veces que con tan sólo contemplar cierta joya, un cuadro, un plato en un restaurante, un escaparate en navidad o disfrutamos de un libro o de una pieza musical, tenemos una sensación de felicidad que no sabemos explicar. La explicación puede que esté tan dentro de nosotros mismos que es como si el creador, o los creadores, se hubiesen metido en nuestras almas, logrando así una transparente atmósfera de comprensión mutua, generando un cordón umbilical, entre nuestros átomos y los del que está a nuestro lado (o el que tenemos enfrente), que habíamos perdido hacía milenios.

El arte, la belleza, las tendencias…son parte de la esencia pura de la autenticidad del individuo: el TALENTO. En definitiva, ¿Queremos seguir engañándonos y pensar que el TALANTE es antes que el talento?¿Podemos ser tan delicados como un gatito y componer la partitura de un famoso “Für Therese”, convertido en “Para Elisa” por error?¿O, podemos suponer que, el talento lleva implícito el talante en sí mismo? Estoy convencida de que si usamos nuestra vidas como transporte temporal para regalar al vecino lo más auténtico de nosotros mismos, que es nuestro talento, (y todo los seres tenemos alguno, sólo debemos buscarlo), entonces asimilaremos que no será necesario obsesionarnos por suplir nuestra mediocridad con esa Espada de Damocles moderna que nos venden con la etiqueta de talante. Señor@s míos, sin talento no hay talante,…por mucho que busquemos hacer ‘bien’ las cosas.
